Muhammad nació en la tribu de Quraysh, la más importante de La Meca, en el clan de los Banû Hâshim.
Muhammad, el profeta del islam, nació hacia el año 570 d.C., conocido en la tradición islámica como el “año del elefante”. Ese año La Meca fue atacada por el ejército de Abraha, el gobernador abisinio del Yemen, cuyo ejército iba encabezado por un elefante de combate.
Muhammad nació en la tribu de Quraysh, la más importante de La Meca, en el clan de los Banû Hâshim. Su infancia estuvo plagada de tragedias. Su padre murió unos días antes de nacer él, y perdió a su madre cuando tenía seis años. Al poco de nacer, Muhammad fue entregado a una nodriza de una tribu nómada, llamada Halîma. En La Meca, las familias nobles solían dejar a sus hijos cuando eran pequeños en manos de nodrizas de las tribus nómadas, porque creían que la vida en el desierto era más sana y conveniente en los primeros años de la vida de los niños. Los beduinos, además, eran considerados los árabes más puros, y entre ellos los hijos de la “aristocracia” de La Meca aprenderían el mejor árabe y las nobles costumbres beduinas.
Durante el tiempo en que estuvo en el desierto con la familia de Halîma ocurrió un hecho extraordinario y de gran importancia, que recibirá tradicionalmente el nombre de “la apertura del pecho”. El mismo Muhammad lo contará así: “Salí del campamento con mis hermanos de leche beduinos, y estábamos ya lejos cuando aparecieron tres hombres. Se dirigieron hacia nosotros, llevando un recipiente lleno de nieve. Me agarraron, y cuando los demás muchachos vieron esto sintieron miedo y salieron huyendo. Pero en seguida volvieron y dijeron: ‘Ese al que habéis atrapado no es de los nuestros, es el hijo de un noble de Quraysh, un gran hombre. No le causéis ningún daño. Si tenéis que matar a alguien, coged a cualquiera de nosotros en su lugar’.

Pero los hombres se negaron aceptar ningún rescate por mí. Me cogieron con fuerza y me tumbaron suavemente sobre el suelo. Uno de ellos me abrió el pecho hasta debajo del ombligo. Yo veía lo que me hacían, pero no sentía ningún dolor. Sacó mis entrañas y las lavó con mucho cuidado con la nieve que traían; después las devolvió a su lugar. Otro introdujo sus manos en mi pecho y sacó el corazón, mientras yo miraba. Lo abrió, sacó de él un coágulo negro y lo arrojó lejos. Después, no sé cómo, sacó un sello de luz que arrebataba la visión a quien lo mirase, y con él marcó mi corazón, que se llenó de luz, de sabiduría y de misericordia. Me devolvió el corazón a su sitio, y durante mucho tiempo pude seguir sintiendo el frescor de ese sello. Se levantó el tercero y ordenó a sus compañeros que se apartaran, puso su mano en mi pecho y la herida cicatrizó […]. Me cogió la mano y suavemente me puso en pie. Entonces el primero de ellos dijo: ‘Pesadlo en la balanza de Dios, y poned en el platillo a cien de los de su pueblo’. Así lo hicieron, y yo pesé más. Después dijo: ‘Pesadlo ahora contra mil de su pueblo’. Y yo pesé más. Entonces dijo: ‘Dejadlo. Aunque lo peséis junto a todo su pueblo, pesaría más su platillo.’ Los tres se levantaron, me besaron en la frente y entre los ojos, y me dijeron: ‘Habîb (“amado”), no tengas miedo. Si supieras todo el bien que se te desea se te alegrarían los ojos’. En esto, llegaron los beduinos del campamento, a los que habían ido a avisar mis hermanos de leche. Al frente de ellos iba Halîma, que cuando me vio gritó: ‘Hijo mío, gracias a Dios que te he encontrado vivo’. Y me abrazó contra su pecho. Y mientras todos me abrazaban, yo creía que ellos también veían a los tres hombres, que aún estaban junto a mí, pero no los veían”.
Al morir su madre, el joven Muhammad quedó a cargo de su abuelo, ‘Abd al-Muttâlib. Este mostró siempre un cariño especial hacia el joven huérfano, manteniéndole en todo momento a su lado. Cuando recibía a los ancianos y a los jefes de las tribus, se sentaba en una alfombra junto a la Kaaba y únicamente a Muhammad le permitía sentarse a su lado. ‘Abd al-Muttâlib murió cuando el niño tenía solo ocho años. Pasó entonces a la custodia de su tío Abû Tâlib. La familia de este, aunque noble, era pobre, por lo que Muhammad tuvo que trabajar desde pequeño cuidando los rebaños de la familia. De joven pasó a formar parte de las caravanas comerciales, a cargo de las mercancías de otros. Por su honestidad, se le conocía por el sobrenombre de “al-amîn” (“aquel en quien se puede confiar”).
A la edad de veinticinco años, Muhammad contrajo matrimonio con Jadîŷa, una rica viuda que casi le doblaba en edad, de cuyas mercancías estaba él a cargo. Jadîŷa le dio a Muhammad dos hijos que murieron en la infancia, y cuatro hijas, una de ellas la célebre Fâtima. Muhammad hacía frecuentes retiros y ayunos en soledad en la cueva del monte Hirâ’, en las proximidades de La Meca, siguiendo la costumbre de los hunafâ’. A veces pasaba largas temporadas en la soledad del monte, especialmente durante el mes sagrado de Ramadán. Regresaba a casa para aprovisionarse de agua y comida y regresaba a su retiro en la cueva.
Los seguidores de Muhammad eran conscientes de que aquel hombre, incluso en su manifestación puramente física, era vehículo de una baraka o bendición especial. Sabemos, por ejemplo, que sus compañeros se frotaban la piel con la saliva del profeta, que usaban el agua de sus abluciones como perfume y que incluso daban de beber a los enfermos el agua con el que lavaba su ropa, por la baraka que contenía. En cierta ocasión, una mujer le pidió comida y el profeta le ofreció la que tenía en su plato; entonces ella le dijo que en realidad quería la que él tenía en la boca, y el profeta se la sacó para dársela.
