La religión mayoritaria de la Arabia pre-islámica podría calificarse como un “politeísmo animista”. 

Se veneraban numerosas divinidades y espíritus a través de estatuas, betilos y fenómenos naturales. Las estatuas podían ser de madera, oro o plata y tener forma humana, o ser una simple piedra.

Tradicionalmente se considera que el paganismo fue llevado a Arabia desde regiones limítrofes. Sus divinidades provenían principalmente de las culturas religiosas mesopotámicas, así como de la cultura nabatea, un pueblo de comerciantes que vivía al sur de la actual Jordania, y al norte de la península arábiga. Allâh era considerado la divinidad suprema del panteón pagano. Allât, al-‘Uzza y Manât eran sus hijas, y se las relaciona con cultos dedicados a los cuerpos celestes, especialmente a Venus.

bookCada una tenía su propio santuario en diferentes lugares de la península arábiga, pero el templo más importante era la Kaaba, destino de la peregrinación anual a la que acudían gentes desde todos los rincones de la península.

En un extenso círculo alrededor de la estructura cúbica había 360 ídolos, probablemente representando los días del año. De estos, el más importante era Hubal, a quien estaba dedicado el lugar. En su interior se realizaban rituales adivinatorios mediante flechas y sacrificios de animales para obtener buena fortuna.

Otras divinidades del panteón pagano, mencionadas en el Corán, son: Wadd, una diosa lunar cuyo nombre significa en árabe “amor”; Suwa’a, protector de animales perdidos; Yaghut, representado por un león; Ya’uq, dios de la redistribución del agua de lluvia; y Nasr, dios del antiguo reino himyarí del Yemen. Árboles, pozos, piedras y cuevas también fueron objeto de culto entre los árabes, especialmente entre los beduinos. Se sabe que existía algún tipo de “sacerdocio” en torno a los santuarios. Los kahâna (adivinos) y los ‘arrâf (videntes) usaban ritos de naturaleza “chamánica” para entrar en contacto con el mundo espiritual. En ciertos meses, considerados sagrados, se acudía en masa a los lugares de culto y se celebraban fiestas y ferias. No solo los santuarios, sino también sus aledaños eran tenidos por lugar sagrado, y no se permitía allí el derramamiento de sangre.

Judaísmo

El judaísmo también estaba presente en la Arabia pre-islámica, e incluía comunidades nómadas y sedentarias, tanto agrícolas como comerciales. Estos judíos hablaban tanto árabe como arameo y hebreo, y tenían contacto con los centros religiosos judíos de Babilonia y Palestina. Los poderosos himyaríes del sur de Arabia se habían convertido al judaísmo en el s. IV, como también lo hicieron algunas tribus árabes a lo largo de los siglos posteriores. En ocasiones, las mujeres paganas de Yathrib, la futura Medina, prometían hacer judío a su hijo enfermo si este sobrevivía, pues los judíos eran considerados un pueblo de conocimiento. Los judíos de Arabia desarrollaron creencias y prácticas propias, al parecer con una dimensión mística y escatológica muy desarrollada.

candlelightTambién había árabes cristianos en la Arabia anterior al islam, especialmente en el norte de la península –las tribus de Gassân y de Lajm, clientes del Imperio bizantino y del Imperio persa, respectivamente– y en la zona del actual Yemen, particularmente en Naŷrân, bajo influencia del cristianismo etíope. Existen algunas evidencias de que al menos parte de los cristianos árabes seguían algunas variantes heterodoxas del cristianismo.

Particularmente interesante es el fenómeno que constituían los hunafâ’ (pl. de hanîf). Estos eran seguidores de un tipo de monoteísmo primordial, heredero del “culto puro” abrahámico olvidado por la mayoría de los árabes. El Corán dirá: “Abraham no fue judío ni cristiano, sino hanîf” (Cor. 3, 97) En el clan de los Banû Hâshim, al que pertenecía el profeta Muhammad, hubo varios casos de seguidores de esta doctrina, fervientes opositores al culto pagano. Los hunafâ’ entendían que, lejos de ser algo tradicional, la idolatría era una innovación peligrosa de la que había que guardarse. No querían tener nada que ver con el culto a los ídolos, cuya presencia en La Meca consideraban una profanación. Su frecuente forma de hablar, sin pelos en la lengua, les relegó a los márgenes de la sociedad mequí, donde eran respetados, tolerados o maltratados, en parte según sus personalidades y en parte según sus clanes estuvieran o no dispuestos a protegerlos.

La hostilidad hacia ellos por parte de la mayoría de los mequíes tenía también una motivación económica que reapareció, recrudecida, en el virulento rechazo de los paganos hacia la revelación del islam: una importante fuente de ingresos para Quraysh era la Kaaba, repleta de ídolos de las tribus y pueblos circundantes. La nueva religión, que condenaría la idolatría, puso en peligro su posición de privilegio como guardianes del santuario, privándoles de los pingües beneficios que se obtenían gracias a la peregrinación anual al lugar.