Este pilar consiste en abstenerse completamente de alimento, bebida, tabaco y relaciones sexuales, desde poco antes del amanecer hasta la puesta de sol.
El ayuno del mes de Ramadán, también conocido como sawn, es aplicable a todo tipo de personas, excepto a enfermos, viajeros y mujeres menstruantes o amamantando, que pueden interrumpir su ayuno y recuperarlo a lo largo del año, ayunando el mismo número de días perdidos. Si por cualquier otra razón la persona se ve físicamente incapaz de ayunar, puede compensarlo, alimentando cada día del mes sagrado a una persona sin recursos. Los más jóvenes deben comenzar a ayunar desde la pubertad, aunque no es infrecuente que comiencen a hacerlo a edades más tempranas.
El islam insiste en los incomparables beneficios espirituales del ayuno, y anima a sus fieles a ayunar de forma voluntaria en determinados momentos propicios a lo largo del año, fuera del mes de Ramadán. El ayuno comporta una abolición temporal de la dependencia del hombre al respecto de mundo de la materia, y le recuerda su fragilidad y su total dependencia de Dios.
Debe ir acompañado, además, de un “ayuno de la palabra” en el que se evitarán las discusiones mundanas, la maledicencia o el enfrentamiento verbal o físico. El ayuno también posee una vertiente social, puesto que coloca a ricos y pobres en una misma situación en la que padecerán hambre y sed, lo que hace que los primeros experimenten en carne propia el sufrimiento de los más desfavorecidos, estimulando así su solidaridad. Esta se manifiesta particularmente durante este mes sagrado por medio de limosnas especiales y otros actos de generosidad hacia los más pobres de la comunidad.
A causa de que el calendario islámico es lunar, el mes de Ramadán se “desplaza” a lo largo del año solar, por el que avanza cada año de diez a doce días. De ese modo, no cae todos los años en la misma época. Cuando lo hace en verano, es un gran esfuerzo ascético mantenerse activo durante los largos días estivales, sin poder comer ni beber.
