Aunque no es un “pilar” del islam, el ŷihâd (lit. “esfuerzo por alcanzar un objetivo”) figura generalmente entre las obligaciones canónicas.
Texto: Andrés Guijarro
Como su raíz verbal indica, yihad se trata de un “esfuerzo”, puesto en práctica por el musulmán para obtener para sí una mejora espiritual o beneficio colectivo para el islam.
Su manifestación militar o guerrera es únicamente uno de sus aspectos; aquel, podríamos decir, que implica la movilización de todas las energías del ser. En términos generales se presentan los siguientes tipos de ŷihâd: el ŷihâd del corazón o combate espiritual. Este es el ŷihâd que el profeta Muhammad denominó “mayor” (al-ŷihâd al-akbar), y que consiste en el esfuerzo interior contra las tendencias del ego. Las otras modalidades de ŷihâd “menor” (al-ŷihâd al-asgar) serían: el ŷihâd de la lengua, consistente en opinar o legislar justamente; el ŷihâd de la mano, que consiste en poner en práctica medidas correctivas o punitivas para evitar que se cometan actos sancionables; el ŷihâd del dinero, consistente en contribuir económicamente a las necesidades de la comunidad; el ŷihâd de la predicación, que implica toda acción pacífica destinada a extender el islam fuera de sus fronteras o a su fortalecimiento interior; y el ŷihâd de la espada, llevando a cabo una acción armada destinada a proteger las tierras del islam y la propia supervivencia de esta religión.
El islam, como otras muchas religiones, permite el combate en defensa propia, en defensa de la religión y de quien haya sido expulsado injustamente de su casa o de su país. Sin embargo, no se trata de “guerra” en el sentido habitual de la palabra, y el combate en nombre del ŷihâd tiene unas reglas muy estrictas que incluyen la estricta prohibición de dañar a civiles o a no combatientes y de destruir cosechas, árboles o ganado. Esta guerra defensiva debe ser adoptada siempre como último recurso –un versículo que aparece a menudo en el Corán es: “Dios no ama a los agresores”– , y estar sometida a las reglas mencionadas, dictadas por la ley revelada. Según se describe el ŷihâd, el musulmán debe combatir por Dios (fî sabîli-Llâh), es decir, porque se imponga la justicia y la verdad; no lo debe hacer, por tanto, por venganza, ni por deseo de botín, ni por arrogancia. El modelo de perfecto combatiente (muŷâhid) en la tradición espiritual del islam es Alí. La tradición cuenta que en medio de una batalla consiguió abatir a un enemigo, y cuando estaba a punto de asestarle un golpe fatal, este le escupió. Alí decidió entonces dejarle con vida, porque si lo mataba lo habría hecho por haber sido ofendido en su orgullo, y no por la causa de Dios.
El Corán enseña que Dios “ha comprado sus vidas” a los que combaten en su causa. Es por ello por lo que nunca mueren: “No llaméis ‘muertos’ a los que han fallecido en la senda de Dios. Están vivos”, dice el Corán. Es una idea similar al concepto romano de mors triumphalis, en la que la muerte en batalla consuma el ideal de una vida y abre las puertas de la trascendencia y la inmortalidad a la naturaleza humana. Esta ya no será tal, pues en virtud de dicha muerte en combate, el guerrero por la causa de Dios se elevará sobre las contingencias y condicionamientos propios su existencia terrenal y alcanzará el plano de lo eterno e inmutable. Por ello, a los que han caído en la lucha no se les debe lavar como se hace con el resto de los difuntos, pues no hay en ellos nada que purificar. Simplemente se han trasformado en “aves de colores” que vuelan libres en el Paraíso, como explican algunos hadices.
Es evidente, una vez dicho todo lo anterior, que a lo largo de la historia del islam han sido pocos los enfrentamientos bélicos en los que se hayan cumplido las estrictas reglas del ŷihâd militar, y por el contrario muchas las “guerras” en las que, como es habitual, ha aparecido lo peor del ser humano.
